Ros Cubas (2013). ‘Las lenguas antiguas del Alto y Medio Nervión’

Fue Isabel Echevarría quien nos señaló este valioso trabajo de Ander Ros Cubas sobre la toponimia del Alto y Medio Nervión, que ofrecemos en versión fragmentada como un ejercicio más del proyecto NeLHiEnlazando la historia de nunca acabar (Universidad de Deusto, topHistoria).

Todo, evidentemente, es del color del cristal por donde se mira. José Luis Lizundia, en nombre de la Comisión de Onomástica de Euskaltzaindia, dictó que Barakaldo se debía escribir con k porque era una forma vasca, y para prueba daba Arakaldo (en clara argumentación circular) y Baraskaldo, nombre de un caserío de Mendata. Para éste último deberíamos de traer a colación Barasordas, nombre antiguo de la cala de Lemoiz de triste recuerdo de ensoñación nuclear conocida en la actualidad como Basordas. No sabemos qué puede ser Baraskaldo, por lo que estaríamos explicando lo oscuro por lo oscuro, actividad tan poco recomendable. Una grafía, ya sea k ya sea b no nos hace más vascos. No por decir o escribir Miribilla en lugar del genuino y único documentado Miravilla, o Miraballes por Miravalles nos hace más vascos, y sí más borricos, ignorantes y transgresores de la norma de respetar el sistema ortográfico de la lengua original a la cual pertenece el topónimo. Delika, Mendeika, Bitorika, etc. se escriben con k para reivindicar su vasquidad, sin que la lengua en la que se han formado sea la vasca. Diferente cuestión es que el uso durante siglos por hablantes vascófonos les hayan dado carta de naturaleza y en algunos casos incluso adaptación fonética a su lengua de adopción, lo cual podría justificar por sí solo sin más trampas que Barakaldo y Arakaldo, y los otros tres arriba mencionados, entre otros muchos, se escriban con k.”

A modo de resumen, concluye Ros Cubas identificando cuatro abolengos lingüísticos en la toponimia del Alto y Medio Nervión:

  • “Parece que algunos celtas no anduvieron muy lejos, preferiblemente en las cumbres.
  • Tampoco anduvieron lejos los germanos, o por lo menos sus nombres tan de moda en otro tiempo.
  • Algunos romanos también se asentaron por estas tierras, que aunque no fueran muchos sí impusieron durante siglos su lengua.
  • El latín fue la lengua de las élites, en contrapunto no debió ser el romance y sí la lengua vasca la mayoritaria del pueblo.”

Lo de que los celtas vizcaínos anduvieron “preferiblemente en las cumbres” debe de deducirlo Ros Cubas del orónimo Kamaraka, “altura mítica que divide Bizkaia de Araba, sobre el Nervión” y no como podía esperarse de la tipología celtibérica de los poblados en altura vizcaínos de la Edad del Hierro (Bolunburu, Malmasín, Arrola, etc.). El autor, pese a haber recopilado indicios suficientes, no se decide a acometer de forma expresa la periodización de cada estrato toponímico (a lo mejor está implícita en el orden en que se mencionan), que por otra parte resulta bastante obvia (vg. indoeuropeo > celta > latín > germánico > vascorrománico). Pese a ello, Ros Cubas parece aferrarse al paradigma vasco = preindoeuropeo, aunque lo preindoeuropeo sea intangible y la toponimia vasca exhiba rasgos dialectales occidentales, por lo que su cronología solo puede ser medieval. En fin, aunque no transcribimos el trabajo en su integridad y hemos dejado fuera algunos pasajes poco significativos, ofrecemos de manera literal y segmentada la mayor parte de Ander Ros Cubas (2013):

  1. “El texto que exponemos aquí es el desarrollo escrito de las ideas principales que presentamos el 15 de octubre de 2011 en una charla en el marco de las III Jornadas Culturales de Lendoño de Abajo.
  2. Aquella primera presentación ha enriquecido esta segunda reflexión y es de justicia agradecer las aportaciones críticas que entonces afloraron.
  3. Los nombres de lugar, además de los más etéreos de persona, son los únicos testigos que nos pueden auxiliar en el intento de indagar algo sobre las lenguas en épocas pretéritas
  4. Para nuestra comarca las fuentes grecolatinas no dan otro dato más allá de Nerva-Nervión
  5. Las fuentes epigráficas se reducen a un par de inscripciones sepulcrales aparecidas en Llodio, de las cuales la segunda nos aporta material más interesante por contener dos nombres sin abreviar:
  6. n6 El texto de la primera está lleno de abreviaturas de las cuales solo se puede conjeturar los nomina latinos:
  7. n6 D(is) M(anibus) / Cal(purnius?) Mon(tanus?) / Sul(picia?) Rega / mari/to an(norum) / LX s(it) [t(ibi) t(erra) l(evis)] (Hispania Epigraphica 3, 1993, p. 8, con anterioridad en L’anée Epigraphique 1988, p. 816),
  8. n6 La segunda epigrafía dada a conocer más recientemente reza:
  9. n6 D(is) M(anibus) [s(acrum)] / Se(mpronia) Aunia / Lic(iniae) Licoiom / filiae su[ae] / mu(nimentum) pos(uit) / [- – – – – – /- – – – – – /- – – – – -] (Hispania Epigraphica 11, 2001, p. 9).
  10. n6 También aparecen otros tres nombres (Octavius, Aem[ilius] y Natalis en inscripciones sobre distintos instrumenta en el yacimiento de Aloria, como da a conocer Juan José Cepeda
  11. Se ha querido apurar demasiado y deducir más de lo que realmente dice de estas fuentes epigráficas.
  12. n7 Del gentilicio Licoiom postula J. J. Cepeda (2001) “la pervivencia de una tipo de organización suprafamiliar en época imperial romana”
  13. n7 Félix Mugurutza (2007) la convierte en tribu de los Likoiotarrak
  14. n7 Lo cual recuerda al anuncio del descubrimiento de la única gentilidad vascona (¡Talaios!) que la profesora Alicia M. Canto aventuró de un epígrafe navarro que apoyó en un inexistente o desconocido topónimo Talaiarri.
  15. Por otra parte, el registro arqueológico global de la comarca, no demasiado exuberante y todavía por explorar en gran medida nos puede hablar de cultura material y algo de antropología en el mejor de los casos, pero sólo como apoyo exterior contextualizador en lo referido a la lengua.
  16. n10 Se pueden citar entre los yacimientos a la espera de excavación los castros de Delika y Malmasín, dos casos importantes en ambos extremos del valle.
  17. Es importante recordar que cualquier hipótesis sobre las lenguas tiene que compadecerse también con su historia externa, la de aquellos moradores que supuestamente las pudieron hablar.
  18. Es por ello, por ejemplo, que Michelena negó con insistencia la influencia germánica en el euskera, aunque en alguna ocasión tuviera que matizar.
  19. Evidentemente Michelena no llegó a conocer ni Aldaieta, ni Finaga, ni Buzaga…
  20. Choca más, sin embargo, que historiadores más recientes de la lengua vasca como Larry Trask (1997) que sí lo pudieron hacer, se aferraran a la tesis de negar toda posibilidad de contacto lingüístico vasco-germánico.
  21. n11 “After the collapse of Roman power in the west, the Basques found themselves in contact with speakers of two Germanic languages, Frankish and Visigothic. But there exists no single clear instance of a Germanic loan directly into Basque, without Romance mediation” Larry Trask (1997, 2008)
  22. n11 En realidad el planteamiento es circular, pues las coincidencias encontradas se achacan al fruto de la casualidad, por lo que nunca hay un cuerpo mínimo de prestamos reconocidos que puedan romper esa inercia.
  23. La tesis principal siempre ha sido que los germanismos se han introducido directamente desde el castellano, y los topónimos se han formado también tamizados por el filtro románico.
  24. La misma argumentación se ha establecido para Cataluña y para Asturias, por citar vecinos nuestros de oriente y occidente.
  25. Para el catalán, sin embargo, ya mostraba serias dudas el propio Francesc de Borja Moll (1952).
  26. n12 “Tradicionalment es considera que els pobles germànics que arribaren a catalunya estaven molt romanitzats, i per això se’n minimitza l’aportació lingüística, que es limitaria bàsicament a la toponímia i l’antroponímia, amb alguns elements en el lèxic comú, però en aquest cas la major part rebuts a través del llatí. Però la influència germànica sobre el català podria ser més gran”
  27. Así pues, ante el silencio de las piedras y otros textos, nos queda el bello paisaje del Alto Nervión, remozado de una toponimia un tanto singular, y a la postre casi único asidero para mirar a nuestras lenguas del pasado.
  28. ¿Qué demontre esconde el topónimo Urrazio próximo a la cima de Burubio?
  29. Algo se puede intuir, pero nada aseverar con un mínimo de rigor y garantía.
  30. La documentación antigua es la que puede inclinar la balanza y dar luz al topónimo.
  31. Este simple ejemplo se puede repetir ad infinitum.
  32. Si, como insistiremos más abajo, en cualquier caso es fundamental partir de la documentación más antigua para abordar el estudio del sentido n15 de cada topónimo, lo es, como queda dicho, mucho más para estas zonas en que la erosión producida por el cambio de lengua ha mermado considerablemente su pervivencia y la ha relegado al corpus histórico.
  33. n15 Se tiene que entender aquí el sentido del nombre o sintagma nominal antes de fosilizarse, pues una vez onomatizados o propializados los nombres, stricto sensu, dejan de significar.
  34. Falta todavía, sin embargo, un estudio de conjunto y de detalle, por lo que tenemos que conformarnos con lo que, con sobrado cariño y tesón pero falto de requisitos de rigor importantes, elaboró Federico de Barrenengoa (1988-1990) y lo que en la recopilación de G. López de Guereñu (1989) corresponde a la comarca.
  35. No sabemos, por otra parte, en qué quedó el proyecto de recogida y estudio de la toponimia de Llodio en que trabajaba nuestro viejo amigo y ahora alcalde de la localidad Natxo Urkixo.
  36. n14 «La toponimia de la junta de Ruzábal (Orduña)», in Actas de las II Jornadas de Onomástica (Orduña, 1987), Euskaltzaindia, Onomasticon vasconiae 17, 2000, pp. 319-330.
  37. Tenemos, por el contrario, aunque no con la exhaustividad deseable, reunida la toponimia medieval del País Vasco (Líbano 1995-2000; Arzamendi 1985) y publicada una parte interesante de fuentes documentales medievales n19.
  38. n19 Fuentes Documentales Medievales del País Vasco, Eusko Ikaskuntza (1994) tomos 52 y 53, correspondientes a la Ciudad de Orduña (1271-1510) y Junta de Ruzabal y Aldea de Belandia (1511-1520) respectivamente,.
  39. No obstante, no nos debemos llevar a engaño, pues no hay documentación para nuestra comarca anterior al siglo XIII, y eso en el mejor de los casos.
  40. Lamentablemente, el panorama no es mejor, sed exceptio, para todo el territorio histórico vizcaíno.
  41. Es conocido que en la famosa y providencial lista de pueblos de la Reja de San Millán faltan los pueblos septentrionales alaveses de Ayala, Arrastaria, etc.
  42. Sí aparecen, afortunadamente, en la nómina calagurritana y en la del obispo Aznar de 1257.
  43. La lacónica mención de Orduña en la crónica de Alfonso III, a pesar de su antigüedad, aunque importante, es muy muy poco.
  44. Sabemos igualmente que José Ignacio Salazar tiene realizado un expurgo importante de la toponimia correspondiente al Archivo Municipal de Orduña, a la espera de elaboración y publicación.
  45. También Txomin Robina ha recopilado durante años interesantes materiales.
  46. Una mirada a este material, así sea somera, confirma la percepción de alogenia, frente a lo vasco, de una parte los nombres de lugar de toda la cuenca del Nervión, especialmente en su cabecera.
  47. Esa nómina de topónimos acabados en -oño, -oña, -aña, -ika, -ama, -amo, etc., que han traído de calle a los toponomastas y que iremos presentando poco a poco, es especialmente crecida en nuestra comarca.
  48. Los más locuaces, que suelen ser los menos preparados, no dejan de arrojar opiniones sobre un objeto de estudio sobre el que es difícil saber y nada saben.
  49. Los más prudentes callan, los asideros no son seguros.
  50. Escribía Michelena (1956:60) que ante cualquier objeto material enseguida nos planteamos la necesidad de llevarlo al laboratorio para que los peritos pertinentes hagan sus valoraciones; ante material intangible cual es la toponimia, sin embargo, se puede opinar libremente, hasta escribirlo, haciendo divulgación sin basamentos.
  51. Michelena solicitó estudio previo, antes de cualquier posicionamiento.
  52. Un discípulo suyo, Manuel Agud (1977), cogió el guante lanzado por el maestro y elaboró un pequeño estudio n21 sobre esos topónimos con esas terminaciones que hemos mentado arriba que muchos, con el propio Agud a la cabeza, reputan por celtas, y otros por latinas, reservando -aka para las del primer origen.
  53. Se atrevió Agud incluso, en línea con Caro Baroja, a aportar al argumentario material etnográfico y de otra índole.
  54. Ya lo había intentado antes Juan Gorostiaga (1953:211-218), bien documentado en lenguas clásicas pero carente de la formación lingüística necesaria.
  55. La propuesta de Agud cayó en saco roto y recibió ataques, no de los rigoristas que contestaron con el silencio, sino de parte de Justo Garate (1978:172), representante sumo de los diletantes verborreicos que mantenía con Michelena una inquina malsana que hizo pagar al discípulo.
  56. Otro discípulo de Michelena, Joaquín Gorrochategui, vacunado con el sano celo de prudencia del renteriano, rehúye el estudio de la toponimia y se aferra a la epigrafía y textos de las fuentes clásicas.
  57. Con esas fuentes de información admite la presencia celta en los contornos de Aquitania, mientras la obvia para nuestra comarca.
  58. Sin duda, la casi única prueba toponímica en detrimento de la epigráfica, lo lleva a un lógico recelo, para no caer en incongruencias como la del catedrático salmantino Francisco Villar (2005) al que conoció de cerca en aquella ciudad universitaria.
  59. Francisco Villar (2005) llega a negar la presencia occidental vasca en la antigüedad, con la endeble prueba de falta de registro toponímico para aquellas épocas.
  60. Baste recordarle al vehemente indoeuropeista, a modo de simple ejemplo, que el topónimo Legizamon, arraigado en la Península de su nombre en San Esteban de Etxebarri, no se documenta más allá de la Edad Media
  61. Pero es incuestionable la relación de Legizamon con el celta latinizado Segisamon, como ya sugiriera el mismo Michelena y después el mismo Agud;
  62. más innegable, si cabe, si traemos a colación la forma Leguisamo que figura en el itinerario Antoniano para el topónimo burgalés, actual Sasamón.
  63. Y más todavía si tenemos en cuenta detalles prosódicos que nos ofrecen formas como los apellidos Leguízama, Leguízamo bien arraigados en Hispanoamérica, o la pronunciación euskérica Leismon, que supone igualmente una base con acentuación en su segunda sílaba.
  64. Puede reforzar la comparación, si la que hizo Manuel Agud (1977) para las encinas de La Antigua de Zumarraga fuera pertinente, saber que Leismongo artea, documentado más de una vez, es decir ‘la encina de Leguizamón’ parece referirse a uno de esos árboles simbólicos a los que, Caro Baroja entre otros ha querido encontrar raíces indoeuropeas.
  65. Recordemos otro Baçar Arecheta (1637) ‘roble (o árbol) del concejo’ en la misma localidad, no recogido, por cierto, en la pobremente documentada monografía toponímica local elaborada por Asier Bidart (2006).
  66. Pagó Manuel Agud, autor de este interesante trabajo, no su valentía en plantear abiertamente la presencia celta en el corazón del Goierri guipuzcoano, sino su discipulazgo de Michelena, que seguía atrayendo la más furibunda ira del pésimo e indisciplinado estudiante de filología Justo Gárate.
  67. Y, sin embargo, le tenemos que devolver en parte al menos la razón recién quitada a Francisco Villar (2005), si tenemos en cuenta la toponimia transportada, de la que Legizamon precisamente puede ser un buen ejemplo,
  68. así estén faltos de confirmación tanto su raigambre celta antigua como su advenimiento desde tierras burgalesas en la edad media.
  69. Puede ser una imagen más realista imaginar un paisaje mucho menos poblado de gente, y por ende, de topónimos,
  70. y que gran parte de aquellos nombres antiguos fueran sustituidos por otros o simplemente desaparecidos con el paso del tiempo,
  71. lo que reduciría a la mínima expresión la nómina de nombres de lugar actuales supervivientes de aquellos anteriores a la edad media.
  72. Baste como botón de muestra las exiguas 31 bases léxicas identificadas por Martín Sevilla (1980) para toda la toponimia indoeuropea prelatina asturiana n27.
  73. n27 Encontrará el interesado neófito certeros apuntes sobre el tema en innumerables trabajos, de los cuales mentamos dos de los que hemos leído mientras escribíamos estas líneas.
  74. n27 En primer lugar el breve texto con el que Emilio Alarcos Llorach prologa la tesis doctoral de Martín Sevilla (1980) dirigida por Michelena
  75. n27 y en segundo uno mucho más técnico, del gran especialista en onomástica hispano-germánica Dieter Kremer (2010)
  76. Sabemos positivamente para otras regiones que la Edad Media supuso un punto de inflexión importante en la creación de núcleos de población que supusieron nueva toponimia n28.
  77. n28 “… la toponimia medieval de carácter hispanorrománico (la gran mayoría de los nombres de lugar españoles remontan a esa época, siendo relativamente pocas las denominaciones modernas.)” Dieter Kremer (2010:8)
  78. Todo apunta que es de aquella época gran parte de la mal llamada toponimia mayor actual, que es a su vez la más antigua.
  79. Replicarán ante esta última afirmación los hidronomastas y oronomastas, pero todavía tienen que demostrar que la supuesta antigüedad de tales onomas es tan abrumadora y cierta como pretenden.
  80. Así pues, no deberían de perder de vista esta realidad los comparatistas que pretenden adentrarse en épocas y lugares inmediatamente posteriores al deshielo post-glacial que permitió la expansión de las gentes del refugio franco-cantábrico.
  81. A nosotros, que no creo que se nos pueda acusar de timoratos o faltos de atrevimiento en este terreno, nos parece suficientemente arriesgado sustentar hipótesis sobre realidades con poca documentación aunque ya históricas
  82. De Delika a Malmasín o un viaje entre las dos Lezamas
  83. Hemos querido nombrar expresamente este topónimo por su proximidad al topónimo Lezama de nuestra comarca, homófono del Lezama límite norte de la cuenca del Nervión, en un extremo del valle de Txorierri.
  84. Se ha pensado para explicarlo en un étimo céltico Letisama, evolución del superlativo pleti-sama ‘la más llana’, origen de los Ledesma riojano-castellanos.
  85. Sin desdeñar esta explicación, debemos añadir que no vemos dificultad y sí ciertas ventajas, en partir de Legisama, de una base seg- ‘victoria’ con igual sentido superlativo: ‘la más victoriosa’.
  86. A favor de esta lectura tendríamos, disimilación de sibilantes mediante, el propio Legizamon y el vecino próximo Lekamaña, transcrito en el cartulario calagurritano del principio del s. XIII, como Leçamaya, al que volveremos más adelante.
  87. Efectivamente, Michelena, que actuó siempre como hemos dicho con extremada e inusual prudencia, no negó la posible celticidad de topónimos como Lezama y Legizamon (por otra parte tan íntimamente relacionados en el linaje que unió ambos apellidos), en sendos extremos del valle del Nervión.
  88. En Apellidos Vascos, nunca menciona el término celta y sí el más genérico indoeuropeo, a la vez que pide un estudio en profundidad, inédito hasta la fecha n29, sobre los candidatos celtas en -ika, -ama, -oño, etc.
  89. n29 El trabajo de Manuel Agud (1977) se puede considerar un intento, un esbozo de un trabajo, como bien dejan entrever las palabras finales de otro trabajito suyo arriba mencionado:
  90. n29 “Es de esperar que alguien de mayores vuelos intente un trabajo profundo sobre este tema. Creemos que merece la pena.” Manuel Agud (1977:497)
  91. Queda apuntado que la lengua vasca no explica gran parte de la toponimia nuclear de la comarca, de toponimia histórica no nuclear, por otra parte y paradójicamente, mayoritariamente euskérica.
  92. La cuestión es qué otra lengua o lenguas pueden explicarla.
  93. El latín tampoco parece ser la salvación única,
  94. por más que Félix Muguruza (2004:6-24) heredero de otros anteriores de mejor oficio, se ciegue con etimologías estrafalarias (por usar sus propias palabras, aplicados a otros, claro está) como las que da para Barakaldo, Arakaldo o Zaratamo, por no citar sino algunas de las muchas inverosímiles que nos ofrece.
  95. n30 Tiene este trabajo, aparte de muy poco de original, algún planteamiento serio e interesante, y algún acierto meritorio derivado de él,
  96. n30 pero son más los desatinos y barbaridades derivados de garrafales errores de método, o mejor dicho de la falta de él, y de la arrogancia de sus planteamientos de la que ya deja muestra en la entradilla en euskara al artículo.
  97. n30 Algunos errores los arrastra de un trabajo anterior (Félix Muguruza  1977) en el que caracteriza a un gremio de cómicos del que él mismo, si se aplicara a sí mismo la crítica que hace a los demás, no andaría muy alejado en ocasiones.
  98. He podido consultar después de acabado este trabajo, y me ha obligado a retocar ciertos puntos, el artículo de Patxi Salaberri (2011), autor siempre rigurosamente documentado y una de las primeras firmas actuales en onomástica vasca.
  99. Patxi Salaberri (2011) básicamente repite la tesis de Muguruza e incurre en los mismos errores que él, aunque no lo cita en ninguna ocasión y sí a otros predecesores como Omaechevarría, Agud, Caro Baroja o el propio Michelena.
  100. Hace Patxi Salaberri (2011) de todos los nombres en -ika, que son a los que se circunscribe, de origen latino, femeninos a partir de un *(terra o villa) -ica.
  101. Sin descartar radicalmente esa posibilidad para alguno de los nombres, es indefendible tal postura generalizadora por muchas razones, algunas de la cuales expondremos en las siguientes líneas.
  102. La diferencia fundamental entre los nombres en -ana y los nombres en -ika, es que los últimos, a diferencia de los primeros, se dan en zonas de muy baja intensidad romanizadora
  103. y que faltan casi por completo los supuestos masculinos en -iko correlatos de los correspondientes masculinos de -ana, vg.: (fundus) -anus > -ano.
  104. Nombres del estilo de Aginako, Demiku, Matiko, etc. son muy minoritarios y deben tener otra explicación n32.
  105. n32 Ya I. Omaechevarría (1957:133) confesaba apesadumbrado, y le buscaba la explicación de la etimología popular que habría ejercido la marca de genitivo locativo -ko, que “no podemos señalar ningún ejemplo seguro”.
  106. Dice Patxi Salaberri (2011) que no todas las edificaciones con estos nombres son latinas, aunque insinúa que quizá sí estén reconstruidas sobre otras de esa filiación.
  107. Nos tememos que ni una sola sea de aquella época ni se le aproxime, ni tan siquiera reconstruida sobre cimientos romanos.
  108. Este extremo puede darse en algún edificio religioso, como la ermita de San Martín de Finaga en Basauri que ha mostrado algún estrato que se remonta a dicha época, pero es en todo caso la excepción y no la regla.
  109. Manuel Agud (1977:40), mucho más genéricamente, cita para Gipuzkoa correlatos de nombres en -ama y castro de Aldaba de Tolosa y “aglomeración de nombres en -ica y -aca” en la zona norte de Bizkaia no falta de restos romanos y acaso celtas y no lejos del castro de Nabarniz.
  110. Los nombres en -ika, al igual que los mejor estudiados en -ana, tienen términos post y ante quem bastante bien definidos, que pueden situarse, grosso modo, entre el siglo VII y XI.
  111. No es de descartar, como ya hemos dicho, algún caso anterior y alguno posterior debido a extensión analógica.
  112. Dicho de otra manera, surgen en época alto medieval y dejaron de ser productivos apenas entrar en la baja.
  113. El El latín sirvió de molde, pero con materiales especialmente de otro origen y en un crisol a todas luces vasco.
  114. Excluida, por tanto, la omnipresencia latina y su correlato romance por una parte, e ilirios, ligures, bálticos, eslavos, etc., por otra
  115. (por mucho que insista Francisco Villar (2005) en encontrar sus rastros),
  116. cuya presencia solo pudo ser testimonial y difícilmente dejaría huella sobre el terreno,
  117. lo indoeuropeo se circunscribe a lo céltico y a lo germánico, tan diferentes pero tan imbricados y difíciles de discriminar en ocasiones uno del otro.
  118. No somos nosotros quienes vayamos a meter el dedo en tan enmarañada cuestión.
  119. Nuestra labor acaba en determinar, hasta donde se puede alcanzar, dónde acaba lo vasco, para así dejar en manos de los indoeuropeistas el material limpio de paja (vasca) con el que puedan trabajar.
  120. No llega ni a humildad reconocer nuestra casi total ignorancia en campos ajenos y conocimiento siempre insuficiente en el propio, lo que nos tiene que llevar a dar siempre un carácter provisorio a nuestras exposiciones y postulados, necesitados siempre de críticas y relecturas.
  121. La marca vasca
  122. A los Nervión, Lezama, Lekamaña citados habría que añadir Orduña, Lendoño, Belandia, Belandika, Delika y Zedelika, Mendeika, Artomaña, Orruño, o Arakaldo, Zaratamo, Kamaraka, etc.
  123. desplazados los últimos un poco aguas abajo, entre otros muchos para ilustrar un poco siquiera ese paisaje de oriundez supravasca.
  124. Antes de decir algunas generalidades sobre ellos y ante todo sobre la metodología que tiene que guiar el estudio de estas cuestiones,
  125. vamos a tratar brevemente de un par de topónimos que sí parecen ser euskéricos y que nos van a dar unas primeras pautas de advertencia sobre las falsas apariencias que nos obligan a extremar el rigor en el estudio: Saratxo y Ruzabal.
  126. Saratxo, entre sauces y manzanos
  127. Ante Saratxo, como ante cualquier otro nombre, nos caben dos acercamientos.
  128. El primero es el del diseccionador Sara-txo, donde la terminación sería el diminutivo vasco -txo, y Sara- la base
  129. La base Sara- se presta a diferentes interpretaciones según las preferencias del diletante de turno.
  130. Otro acercamiento es observar la palabra en su conjunto y compararla con otras supuestamente relacionadas, con Sarasua, por ejemplo.
  131. Este último topónimo se ha interpretado como sarats ‘sauce’ + -tsu, forma asimilada de -tzu, sufijo que acompaña frecuentemente a fitónimos para expresar el conjunto o plantación de ellos.
  132. Se aduce como ejemplo el discutible Zuazo que sería ‘arboleda’,
  133. con un representante Zuaza en nuestra comarca, al que aludiremos enseguida,
  134. y otros nombres más claros como Urkizu, Amezua, Otazu, etc.
  135. Tenemos Saratxos por doquier en la geografía vasca.
  136. Uno de ellos en el barrio Gesalibar de Arrasate.
  137. Pues bien, en el caso mondragonés como fehacientemente con el solo peso de la documentación demostró nuestro estimado amigo José Luis Ormaetxea, se trata de un originario Sagastitxo ‘pequeño manzanal’,
  138. para Sagastitxo se ajustaba mejor, fruto de la casualidad y no del buen oficio, la lectura de nuestro primer diseccionador Sara-txo.
  139. Ya demostramos hace algunos años (Ander Ros Cubas 2000) que nombres como Saizar, que Michelena (1955:15), a pesar de todas las precauciones posibles, interpretó con las debidas reservas como Sai-zar ‘buitre viejo’,
  140. Nombres como Saizar no eran sino otros casos como el del manzanal Saratxo,
  141. es decir: Sagasti-zar ‘manzanal viejo’.
  142. Es uno de los peligros de tomar la pura segmentación de morfos como única herramienta de trabajo.
  143. No en vano, es ésta la base de la morfología y el método que empleó Michelena en Apellidos Vascos,
  144. único posible por otra parte en aquellas circunstancias y, paradójicamente, gran acierto de la obra.
  145. No podemos, sin embargo, proceder al método aludido dejando de lado fenómenos fonéticos que trascienden al puro fonema,
  146. los llamados suprasegmentales, que ponen en juego sílabas, acentos, metátesis, etc.
  147. Éstos han sido tradicionalmente clasificados como “fenómenos esporádicos”, fuera de las leyes fonéticas generales y excluidos por ende de la investigación básica,
  148. pero que no pueden obviarse en el análisis particular de los nombres.
  149. Ejemplos como los de Saizar y Saratxo inundan nuestra geografía, por lo menos desde Navarra a Bilbao.
  150. Uno de ellos puede ser Zuazo mismo.
  151. Si bien es verdad que en la Reja de San Millán tenemos Zuhazu escrito así varias veces,
  152. no es menos cierto que el antiguo Suestasion indoeuropeo que trae Ptolomeo (y la forma Suessatio del Itinerario Antoniano) ha sido tradicionalmente identificado con uno de los actuales Zuazo,
  153. descartado por lo que a la ubicación espacial se refiere últimamente a favor de Arkaia o Aríñez,
  154. pero que el descubrimiento del fonetismo que, en compuestos y derivados, de sagasti ‘manzanal’ hace sai-, de sorosti- ‘acebo’ goi- (Gorostizaga > Goizaga tenemos en Arrankudiaga), de aresti ‘robledal’ ai- o de masti- ‘maizal’ mai-,
  155. hace de Suesta-tio > Zua-zo la evolución regular que esperaríamos encontrar, cuestiones de cronología al margen.
  156. Un paralelismo casi perfecto sería Gorostar(a)tzu, que tanto en Navarra (ubicación que ahora no puedo recordar) n37 como en Gipuzkoa (Mutiloa) dan sendos Kortzu, a través, supuestamente, de un anterior *Koartzu n38.
  157. n37 El caso más aproximado que encuentro en la base de datos Toponimia Oficial de Navarra es Gospaldoborda por Gorsostipaleko borda en Etxalar. (Gracias a Patxi Oscoz por la información.)
  158. n38 Se puede interpretar este fonetismo como la pérdida de toda la secuencia fónica, a excepción de la vocal final del primer morfo, entre los grupos acentuados que serían, a la manera germánica, la primera de cada uno de los dos miembros del compuesto o derivado.
  159. n38 No faltan evoluciones tan drásticas en otros topónimos, pero se trata por lo general de grupos fónicos más vulnerables y por ende más predecibles.
  160. n38 Traemos, exempli gratia, algunos casos de Arrigorriaga y Galdakao, incluido el propio nombre del primero que reduce en pronunciación vulgar de seis a tres su número de sílabas:
  161. n38 Lamina-Erreketa > Lambarketa, Aperribai Goikoa > Apurriko (Galdakao) y el más llamativo y radical, por perder incluso sílabas pretónicas: Bera(za)tzaga Bekoa > Txako.
  162. Por todo lo dicho, la forma Zuhazu de la Reja no debe hacer descartar forzosamente la identificación con Suestatio,
  163. por poder tratarse de una etimología popular, como en el caso del Zugaztieta vizcaíno que según solía recordar Alfonso Irigoyen, se trata en realidad de una reinterpretación de Zubi- bustieta ‘puentes mojados’,
  164. o incluso una forma intermedia en la que la aspirada representara el grupo fónico elidido, o a alguno de sus elementos.
  165. Nos empuja a cuestionar la ecuación Zuazo = zuhatzu, la contraevidencia vizcaína de los numerosos Zuazo.
  166. En efecto, en el área lingüística de los Zuazo vizcaínos, ‘árbol’ es sistemáticamente aretx, aratx o arbola –además del errexal que trae Landucchio a comentar enseguida–
  167. y nunca zu(h)aitz, ni en la lengua viva ni en la toponimia.
  168. Se trata en estos casos, siempre y sin ninguna duda, de topónimos transportados,
  169. como es tan frecuente como poco reconocido en nuestra toponimia al igual que en la de otros lugares, según documenta magistralmente para Valencia Xabier Terrado (1995).
  170. El querer ver en las formas vulgares Sugutxu (Deusto, Begoña, Erandio, Galdakao; Sugesu en Llodio),
  171. ignorando otros evidentes signos de vulgarismo de dicha forma,
  172. el resto de la aspiración de zuhaitz, perdida en el euskera más occidental antes que en ningún otro dialecto hace muchos siglos sin dejar apenas rastro, no es más que un burdo anacronismo propio de la ignorancia o de la manipulación interesada;
  173. y uniformizar todos los Zuazo del País Vasco, tabula rasa, en Zuhatzu no es más que reverdecer viejas imposiciones imperialistas que tanto habíamos censurado.
  174. En la nómina de pueblos alaveses de 1294 que el padre Fita publica y compara con los de la Reja, donde la presencia gráfica de la aspiración sigue siendo muy prolija, tenemos Çuaço, sin rastro de la aspiración.
  175. Ruzabal, entre la fantasmagoría y la tierra firme
  176. Volvamos al segundo de los topónimos que habíamos presentado como euskéricos: Ruzabal.
  177. Se trata de un término supralocal, en la medida que abarca un conjunto de aldeas:
  178. Las dos de Lendoño, Belandia y Mendeika, en la versión más extendida de la junta.
  179. Esta circunstancia puede ser importante a la hora de entender su nombre.
  180. Podría tratarse, como ingeniosamente propone nuestro buen amigo José Ignacio Salazar, de un lugar concreto en el que se juntaban los vecinos de las citadas aldeas.
  181. El nombre de este lugar particular se habría extendido posteriormente a la comunidad en su conjunto.
  182. De ser así, esto excluiría la etimología de ‘valle ancho’ o similar que se ha intentado,
  183. y que tiene además importantes problemas añadidos, amén de una base documental ‘fantasma’.
  184. Se alude a una forma Larruazabal escasamente documentada, que es a la postre la que han hecho valer los “normalizadores”, otras veces Arruazabal.
  185. Su presencia en el registro orduñés es mínima n40,
  186. en contraste con Ruzabal, junto a Ruyzabal como amablemente nos recuerda Salazar, y algún otro esporádico Urruzabal y/o Urrazabal, recurrente desde la primera documentación medieval.
  187. n40 Xabi Zalbide (2006) cita, sin dar ninguna fuente que lo acredite fehacientemente, un Larruaçabal para 1498.
  188. Este último Urrazabal, entendido urretx-zabal ‘nogal ancho’, aunque esperaríamos una forma *Urretxabal, casaría perfectamente con la hipótesis de un lugar central de reunión, en torno a un árbol,
  189. presente en otros topónimos como Aretxabalagana, también mítico lugar foral de encuentro, Baçar Arecheta de Etxebarri arriba mencionado, etc.
  190. El peso del testimonio documental no avala, sin embargo, en ningún modo la hipótesis.
  191. Se me ocurre, y lanzo como propuesta alternativa de trabajo, la posibilidad de entender zabal como ‘abierto’, y no como ‘de relieve llano’,
  192. que sugiere la traducción euskérica moderna Lur Laua que se le ha dado al corónimo Tierra Llana frente a la ciudad amurallada Bilbao.
  193. Es verdad que no se documenta para Ruzabal el término de Tierra Llana frente a la ciudad cerrada que sería Orduña en nuestro caso.
  194. Sí se documentan, no obstante, los términos Concejo Abierto por una parte y Tierra por otra para designar a un territorio histórico-administrativo,
  195. como empleamos por ejemplo en Tierra de Ayala.
  196. Estaríamos, si esta hipótesis tuviera fundamento ante el término *Lur-zabal, que mediante una metátesis de las consonantes del primer término nos daría *Ru(l)-zabal.
  197. Carecería de toda verosimilitud esta posibilidad un tanto extraña a ojos del observador no avezado,
  198. si no conociéramos el interesante descubrimiento que hizo nuestro viejo amigo Roberto González de Viñaspre (2008) n41,
  199. el cual explica errexal ‘árbol’ del Diccionario cantabricum de 1567 de Landucchio a partir de lexar ‘árbol’, además de ‘fresno’, como en el caso de aretx ‘árbol’ y ‘roble’.
  200. Se trataría de la misma metátesis l – r > r – l y posterior intrusión de una vocal protética, en un entorno dialectal próximo. Quede ahí la hipótesis para ulterior refutación o verificación.
  201. n41 Tengo que recordar que 18 años que tardaron en publicarse las actas no han sido suficientes, ni los que han pasado desde entonces, para cumplir un pequeño ofrecimiento que le hice al investigador sasetarra en aquellas jornadas.
  202. n41 Trabajaba yo entonces en el proyecto de Recogida de Toponimia de Navarra, haciendo la labor que el propio Roberto había hecho junto con Xabier Santano en un proyecto paralelo anterior para la CAV.
  203. n41 Cuando escuché la explicación sobre errexal me vino a la mente un fonetismo paralelo que reforzaba la tesis de la metátesis entre lexar y errexal.
  204. n41 La abrupta interrupción del proyecto navarro me hicieron alejar de los materiales entre los que se encontraba el fonetismo prometido
  205. n41 además de no presentar para su publicación el texto de la comunicación «Fonetismo irristagarri bat Arabako eta Nafarroako Toponimian».
  206. Antes de acabar queremos apuntar la posibilidad de que el Larruazabal fantasma mencionado arriba, supuestamente nombre de un arroyo en la muga con Amurrio, no sea sino el Larrazabal (Mugaburu) que Federico de Barrenengoa (1988-1990) recoge para esta localidad.
  207. El fantasma perdería así su sayo, como los pierden todos los fantasmas si se les tira de él,
  208. como lo han perdido Garape para Sopuerta
  209. o Biasteri para Laguardia
  210. entre otros muchos auspiciados en su día por la tan ideologizada y agresivamente mercantilizada Comisión de Onomástica de Euskaltzaindia.
  211. Lo más grave, con todo, no es la incompetencia manifiesta en asuntos toponímicos y antroponímicos de sus miembros más activos,
  212. sino la patrimonialización y fiscalización que han consumado de la propia investigación onomástica, que debía de corresponder, en buena lid, a la universidad y a otros ámbitos de investigación.
  213. Creemos que ha quedado patente con estos dos simples ejemplos que estamos en un terreno especialmente delicado en el que cualquier dato, cualquier ayuda son necesarios y la prudencia siempre insuficiente.
  214. Para analizar material euskérico, el conocimiento de la lingüística vasca, especialmente de su fonética y léxico históricos, es una herramienta que en lógica formal diríamos condición necesaria pero no suficiente.
  215. Luces y sombras alógenas
  216. Centrémonos, después de estas digresiones, en la toponimia supuestamente indoeuropea que rebosa nuestra geografía.
  217. Para afrontar su estudio hay premisas generales a añadir a las expuestas arriba.
  218. Vamos a intentar explicarlas con un lenguaje cercano pero sin sacrificar el rigor que reivindicamos para estos estudios.
  219. Delika
  220. Obviar la documentación más antigua, o la oral en el otro extremo, nos lleva indefectiblemente a elucubraciones insostenibles.
  221. Forzosamente se trata de nombres muy antiguos pues aquellas gentes de habla casi enigmática que vivieron entre nosotros se diluyeron o integraron haciendo dejación de su lengua o lenguas hace ya, en el más optimista de los escenarios, un milenio largo.
  222. Es por ello una insensatez temeraria y manifiesta basar etimologías de topónimos supuestamente de aquel origen en fuentes documentales que no sean las más antiguas.
  223. No puede encarecerse suficientemente la importancia de la documentación histórica para la correcta interpretación de los nombres.
  224. Como principio básico, el procedimiento más adecuado es la interpretación genética no retrospectiva, esto es, la interpretación de un nombre partiendo de las más antiguas de sus formas documentales,
  225. y no de la reconstrucción a partir de la forma más moderna.
  226. Proceder a la interpretación de cualquier nombre sin haber mirado primero para atrás y después un poco para adelante además de para los lados,
  227. y hacerlo además con una idea preconcebida no augura nada bueno a la vez que da muchos boletos para equivocarse de lleno.
  228. Delika, visto así, no nos dice gran cosa, y no nos ayuda mucho, y sí quizá desorienta, verlo simplemente como un nombre más en -ika.
  229. Esa visión en corto lleva a Félix Muguruza (2004:21) a buscar un antropónimo en la base, que no encuentra e inventa aunque no le pone ni tan siquiera un asterisco: **Delius.
  230. Alfredo Oribe (2001) en un trabajo más serio n42 trae a colación las formas antiguas sin aféresis y rectifica un poco, aunque no se mueve demasiado.
  231. n42 Este trabajo resultó ganador del III Concurso de Investigación Universitaria “Fundación Sancho el Sabio” en el año 2000. Su importante valor, a pesar del título, radica más en lo documental que en lo etimológico.
  232. Patxi Salaberri (2011:153), por su parte, llega a la misma conclusión que Félix Muguruza (2004), y aunque conoce las formas antiguas duda porque tampoco éstas le proporcionan el antropónimo que guiado por el prejuicio busca.
  233. Afortunadamente, se conservan formas anteriores a la actual.
  234. De lo contrario, también las podríamos haber deducido sin mayor problema si nos molestamos en mirar atrás, adelante y a los lados.
  235. La forma actual es proparoxítona, lo cual no encaja con los nombres trisílabos de esta clase que son,
  236. salvo alguna excepción como Muxika y Munika entre Menagarai y Retes de Llanteno,
  237. paroxítonos, como son los conocidos Barrika, Gernika, Gabika, Gatika, Sondika, Trobika, etc.
  238. Y esto es así porque en estos topónimos de acentuación tan característica no tenemos, en origen al menos, seguramente una posición -3 desde la derecha, sino un +2 desde la izquierda.
  239. Es decir, que la acentuación no se marcaría desde final de palabra como en castellano, sino desde el comienzo como en alemán o en irlandés.
  240. Es una diferencia muy importante que nos corrobora que nombres como Zaratamo n43, Lekamaña, Artomaña, etc. siguen un patrón acentual determinado,
  241. que Barakaldo y Arakaldo, por ejemplo, rompen por alguna razón,
  242. lo mismo que lo rompe Delika si no atendemos a la forma original.
  243. Además de mirar a todos los lados, no hay que olvidar que no todo empieza por la cola.
  244. n43 Curiosamente, en uno de los pocos acentos que marca Alfonso Irigoyen (1972) en su artículo sobre la cuestión
  245. n43 Alfonso Irigoyen (1972) apunta Zaratámo, con atípica acentuación paroxítona, de boca de un labrador de Zeanuri.
  246. n43 Seguramente es el caso de Barandika y otros muchos topónimos y apellidos que han ido perdiendo su marcada acentuación para igualarla a la más general del castellano.
  247. n43 Este proceso de adaptación se puede observar en la actualidad.
  248. n43 Topónimos como Urreta de Galdakao o Arroleza, Rontegui, Sasiburu de Barakaldo se oyen de labios de las generaciones más jóvenes y/o menos oriundas sin su característico acento esdrújulo.
  249. El acento del euskera no ha sido, como ya reconociera el propio Michelena, demasiado ponderado en lingüística histórica vasca,
  250. ya por su difícil percepción en las variedades occidentales y centrales de la lengua, ya por prejuicios hacia su utilidad.
  251. El alcance del valor heurístico que encierra, sin embargo, lo vuelven a demostrar, después de la incomparable reconstrucción que elaboró Michelena del vasco antiguo,
  252. también estas etimologías que tienen de otra manera complicado acercamiento, como queda demostrado de su hasta ahora resistencia a una interpretación fundamentada.
  253. Topónimos, como el cercano Ódega, de Ozeka, debieran de servirnos como test del padrón acentual (+2) que proponíamos arriba.
  254. Si la acentuación (+1) de Délika delataba la pérdida de una sílaba inicial, debería de regir lo propio para Ódega y topónimos similares.
  255. Federico de Barrenengoa (1988-1990, 3:271) recoge y pone en relación con la anterior, la forma Odiaga en apariencia la forma genuinamente euskérica, en varios pueblos y en fuentes documentales, aunque no más allá del siglo XVIII.
  256. Si nuestra hipótesis fuera correcta debería de haber existido algo parecido a *Arródi(a)ga, que explicaría su acento actual.
  257. Tenemos Rodáyega no muy lejos, en el barrio gordojano de Iratzagorria, que podría ser un buen candidato,
  258. si no fuera porque se trata de Río de Áyega, pues está a los pies de un arroyo que nace en el barrio disperso de Áyega, del municipio burgalés de Mena.
  259. Ignorando la evidencia, se ha “normalizado” como Errotaiega, quizá por la existencia de un molino que ha encendido las luces etimologistas de los normalizadores.
  260. No sabemos si existe en la actualidad tal molino, pero en 1603 tenemos documentada la ferrería tiradera de Rodayega,
  261. lo que lleva implícito la existencia de algún artilugio molinero.
  262. Fallido el intento, podríamos seguir la pista, por si nos da luz para buscar algo paralelo, al Rudiaga, Rudiega que Jesús María Sasia (1966) recogió, dándole la fecha de 1863, para Abanto y Zierbena.
  263. No hay que descartar tampoco,
  264. como puede ser el caso de Sálvada pronunciado como hacen en la zona con pántano por pantano que nos aclara nuestro atemperado amigo Salvador Velilla,
  265. la creación de pronunciaciones contra natura, ya sea por adaptación a patrones más generales, ya sea por ultracorrección, ya por otro tipo de contaminación.
  266. Tampoco se pueden abstraer estos nombres de su contexto dialectal.
  267. Odelika, lo mismo que Belandika, se localizan en un área en que proliferan los Ulibarri, Uliarte, Ulanga, etc.
  268. Esta simple observación hubiera evitado el perder el tiempo buscando antropónimos que no existen: **Delius, **Odelius, **Beland, etc.
  269. Otra cuestión, para lo que estos nucleónimos nos aportan material interesante, es explicar por qué se da especialmente en esta área el cambio -r- > -l-,
  270. que es justamente el contrario que en lengua vasca se da al recepcionar palabras u onomas antiguos.
  271. Una explicación podría ser la ultracorrección, pero todo está abierto a estudio.
  272. (B)arakaldo, la intensidad sí importa
  273. Atribuir el patrón acentual arriba presentado a una u otra lengua antigua es imposible además de una temeridad,
  274. pero basta constatar que es general y que se da en los topónimos de cierta oriundez en amplios y diversos territorios.
  275. Es el mismo patrón que nos lleva a atribuir los topónimos Repélega, portugalujo a la familia del Piélago cántabro,
  276. y no, vía Errepelaga modernamente vasquizado, a los euskéricos en -aga, que en el fondo y en algún caso quizá, no sean muy diferentes.
  277. No podemos perder de vista, sin embargo, el topónimo Repela que documentamos para los siglos XVII y XVIII en Barrika y Urduliz.
  278. El igualmente barrio alto Mamáriga, en este caso santurzano, debe de compararse antes que con ningún otro, con su vecino de Muskiz Memerea,
  279. que aclara el origen de la gutural y nos evita elucubraciones sobre su posible sufijo -i(a)ga, -ika.
  280. Claro está, no obstante, que se podría invertir la explicación partiendo de un *Mamarika, no muy diferente del monte Kamarika que comentaremos más abajo.
  281. En el caso de Barakaldo y Arakaldo que seguramente por lo que respecta a su forma son uno en origen,
  282. y para los que Félix Muguruza (2004:21) en su ensoñación patronímica reconstruye **Bar(i)us+aka+aldo y **Ar(i)us+aka+aldo respectivamente,
  283. y G. Carretié en el mismo tenor para el primero presume la presencia de la divinidad celta Baraec o Barraca,
  284. el patrón acentual propuesto nos lleva a reconstruir *Barkáledo de un anterior *Barkáletu para el que no faltan paralelos en tierras cántabras especialmente.
  285. La intensidad del acento habría hecho perder la vocal postónica.
  286. La evolución posterior se daría según las leyes del euskera, aunque los mismos cambios se dan similarmente tanto en céltico como en germánico n47.
  287. n47 Tanto la sonorización de la dental como la caída de la vocal se dan por la atonía de sus posiciones.
  288. Un caso quizá con el mismo sufijo y evolución híbrida en diferentes sentidos podría ser Abando (también Abanto) por un lado y Abaitua por otro, de un *Abanitu.
  289. Puede citarse un Caldaecus leonés que Untermann relaciona con el kaltaikikos de una tesera de hospitalidad de Burgo de Osma,
  290. que en su primera parte recuerda al Galdácano vizcaíno.
  291. De la misma tesera reconstruye el profesor alemán el topónimo Borvodurum,
  292. que recuerda a su vez la forma Buruburu que parece relacionada con Burubio, alto divisorio entre Ruzabal, Ayala y Amurrio (J. I. Salazar, comunicación personal).
  293. Burubio, y sobre todo su variante Gurubio recuerda a otro mítico alto igualmente divisorio entre Galdakao, Etxebarri, Zamudio y Begoña: Kurubiolanda,
  294. en que es interpretado por los habitantes de la zona la base kurubio, kurebio ‘avispa’,
  295. pero que en lo antiguo se denominó Gudubicolanda o Campa de las dos lides,
  296. que es su traducción literal, y no sabemos si original o interpretado.
  297. La multitud de variantes de la familia Guzumeio que nos documenta Federico de Barrenengoa (1988-1990), sin embargo, parecen apuntar a otra cosa.
  298. Bitorika
  299. Se descubrió que el puente de Bitorika de la entrada norte de Llodio no era romano sino en la mentalidad popular.
  300. Probablemente su nombre tampoco.
  301. Tenemos otros Bitoricas, sin k en esta ocasión, fuera de nuestras fronteras,
  302. además del más cercano de Barakaldo, más conocido en los últimos tiempos como Bituritxa.
  303. Entre los otros candidatos al alternativo Victorius-ika oficialista, tenemos a Bituriges, etnónimo procedente de la Galia central,
  304. con numerosos topónimos derivados tanto célticos como germánicos.
  305. No queremos minusvalorar la presencia romana en la comarca,
  306. ahí tenemos el registro arqueológico de Aloria,
  307. la epigrafía de las inscripciones sepulcrales arriba mencionadas,
  308. por no citar sino algunas pequeñas muestras.
  309. Lingüísticamente, sin embargo, lo latino es un oasis más o menos bien identificable en el oscuro desierto de la antigüedad.
  310. Al igual que lo vasco, se puede discernir y discriminar con cierta seguridad lo latino de lo que no lo es,
  311. y ciertamente en la comarca hay, además de la vasca, abundante toponimia no latina,
  312. que no tiene que ser forzosamente prerromana,
  313. pues no hay que descartar tampoco la posibilidad de una presencia indoeuropea posterior
  314. y en parte por lo menos indirecta a través de antropónimos germánicos.
  315. Podríamos hacer extensiva la misma duda y elevarla a grado de máxima sospecha a Kamarika, cumbre del macizo de Ganekogorta,
  316. para el que Patxi Salaberri (2011:164) propone, aun a sabiendas de que se trata de un monte, el antropónimo latino Camarius para ignorar el germánico Camaricus
  317. o la ciudad cántabra homónima más conocida como Tamárica, capital de los tamáricos, de probable filiación celta.
  318. Estas comparaciones alternativas nos llevan a pensar que quizá estemos ante un caso de otra índole.
  319. Efectivamente, se trata de una cumbre y no de una casa o núcleo de población a los que suelen hacer referencia los nombres formados a base de un nomen possessoris,
  320. y en el mismo macizo montañoso, más arriba, tenemos Kamaraka, altura mítica que divide Bizkaia de Araba, sobre el Nervión.
  321. Tenemos además abundantes topónimos con la misma base: Camargo, Camarmeña, etc. (Cantabria y Asturias, respectivamente), Camaracum (Cambrai, Francia), Camarasa (Lleida), etc. que parecen responder a una base *Camba-.
  322. Es sólo una muestra más del peligro de encajar todo en unos pocos y regulares compartimentos.
  323. El famoso libro de Stephen Oppenheimer (2006) ha pretendido revolucionar el panorama de la lingüística histórica vasca, después de concluir que una gran parte de la población británica procede del refugio franco-cantábrico de tiempos de la última glaciación.
  324. La lengua inglesa sin embargo es germánica de un origen muy posterior, mientras que el pool genético de ese origen es muy exiguo.
  325. Hay que leer la letra pequeña del voluminoso libro y acabar concluyendo que una cosa son los genes, otras las lenguas, otra la cultura material y otra los antropónimos y topónimos derivados de éstos.
  326. Aunque el puente de Bitorika hubiese sido romano, y al monte Kamarika le hubiera dado su nombre algún núcleo habitado, no lo tendrían que haber sido necesariamente sus nombres.
  327. Desde luego es complicado explicar dichos nombre partiendo de Victorius y Camarius, y del todo desafortunado hacerlo añadiendo a éstos un sufijo -ika.
  328. Menos recomendable, si cabe, es tomar lo anterior como “patente” y recomendar su aplicación de modelo al resto de nombres que comparten dicha terminación que es exactamente lo que hace Muguruza no sin antes haber criticado los trabajos hechos por otros con poco fuste.
  329. Patxi Salaberri (2011:167), lleva al extremo de la latinidad la interpretación de los nombres en -ika muy presentes en zonas vizcaínas muy poco romanizadas, y niega dicha pobre romanización a partir de la única evidencia que le aporta tal interpretación.
  330. Lekamaña
  331. Trae el caustico humorista chileno Alberto Montt (2011) en una de sus recientes dosis diarias una viñeta que representa a dos individuos llamando a un taxi y a un dermista respectivamente. Ese juego de palabras, o la figura que pueda ser esta gamberrada literaria, representa a las mil maravillas el absurdo de muchas disecciones a las que nos tienen acostumbrados los toponimistas amateurs, que son digamos casi todos.
  332. Así, se ha querido ver la palabra vasca leka ‘vaina’ en el inicio de Lekamaña,
  333. arto ‘maíz’ en Artomaña,
  334. mendi ‘monte’ en Mendeika,
  335. por no citar las muchas que han porfiado para dar luz a Barakaldo, baratz ‘huerta’ la más sonada de entre todas ellas.
  336. No hay en ninguno de los casos mencionados suficiente base comparativa.
  337. Detengámonos en Mendeika.
  338. Si buscábamos con ahínco un antropónimo es porque estamos ante un nomen possesoris, y eso tampoco es gratuito.
  339. De nada nos sirve tenerlo ante nuestros ojos, si entonces no sabemos identificar al nombre mismo o a sus acompañantes.
  340. La posesión se marca preferiblemente con la marca de genitivo, sentido que supuestamente le adjudican al -icus /-a latino, pero eso es mucho suponer.
  341. Lo que encontramos en uno u otro lugar, especialmente en Galicia, que formaron nombres como el que nos ocupa con el mismo antropónimo, es otra cosa.
  342. No encontramos, **Menderica o **Venderica, sino Menderez, Menderiz n51, Mendríguez,… o Venderez, Venderiz, Vendríguez, etc.
  343. n51 No marcamos el acento porque estos apellidos suelen ser oxítonos, en Galicia al menos, como las famosas aguas de Mondariz, para el que hay que partir, digámoslo de paso, del antropónimo Mondericus.
  344. Félix Muguruza (2004) intuye bien cuando vislumbra el antropónimo Vendiricus, aunque podría haber apurado un poco más y proponer directamente Vendericus o incluso Mendericus del que saldría directamente Mendeika.
  345. Patxi Salaberri (2011) se aleja al indagar sólo en el saco de los nombres latinos, obviando los germánicos, donde encuentra de saldo Ventenius en vez del **Venterius que buscaba.
  346. Podemos repetir el mismo ejercicio con otros nombres y seguir preguntándonos por qué si -ika corresponde a un -ica latino que forma nombres de propiedades, no aparece sino en el occidente vasco.
  347. No hace falta darle más vueltas, lo que hace falta es observar con más detenimiento la disección entre base y sufijo.
  348. Menderez, por citar una sola de las muchas variantes, procede de *Menderic-i.
  349. Esa segmentación no coincide para nada con la que se practica a la vasca en Mender-ika.
  350. Esa disección que se lleva por delante parte del nombre es la que lleva a buscar nombres amputados ahí donde no existen.
  351. Es cierto que hay muchos dobletes al estilo Victorius / Victoriacus en los que no se nota la amputante disección,
  352. pero no hay **Delius, **Odelius, **Venterius, **Beren- dius, **Cedelius, etc. y sí Odericus, Ventericus, Berendicus o Theodericus.
  353. Son nombres germánicos en su mayor parte, aunque no necesariamente.
  354. No es un detalle nimio ni desconocido.
  355. El sufijo -ez, -iz de los apellidos castellanos y circunvecinos necesita de estos nombres en -icus, del que Rodericus es adalid.
  356. De ellos sale el sufijo castellano de marras sin más rodeos.
  357. Son muchos nombres los que presentan dicha terminación, pero pareciera que no los suficientes como para que se extendiera por analogía la terminación -iz, -ez derivada de ellos.
  358. Se ha aducido la proliferación que tuvieron dichos nombres.
  359. Pudo ayudar en dicha proliferación, además de la moda, el uso del mismo sufijo con valor diminutivo, como sugiere Ángel de los Ríos (1871:13), en uno de los trabajos clásicos sobre la materia.
  360. De esta manera, partiendo de un *Nunicus diminutivo de Nunius, se explica Núñez y de paso, dificultades acentuales al margen, el Munika vasco que citábamos más arriba.
  361. No sé si la explicación analógica es suficiente, pero sí al menos apropiada y necesaria.
  362. También para la onomástica vasca que lidia con los nucleónimos en -ika.
  363. Tampoco podemos evaluar aquí y ahora la posible influencia de las formas vascas que, procedentes de -onis, confluyeron en el mismo resultado que pudo facilitar aún más la analogía n53.
  364. n53 Para un exhaustivo acopio de lo escrito sobre la materia tenemos disponible Euskal deiturategia: patronimia, Udako Euskal Unibertsitatea, 2003, de Patxi Salaberri.
  365. n53 Sin embargo, a pesar de los años transcurridos desde su publicación sigue siendo imprescindible «El genitivo en la onomástica vasca», de Luis Michelena, Emerita 25, 1957, pp. 134-148, ahora OC 9, pp. 429-441
  366. Concluyamos lo expuesto con un último ejemplo.
  367. Hemos adelantado que Rodericus, del que sale el Rodrigo castellano, y a la postre los apellidos y topónimos Roderiz, Rodriz, Rodríguez, Rourís, Ruiz, … fue el antropónimo germánico paradigmático, si es que alguno merece tal distingo.
  368. También existe Odericus, no sé si forma abreviada del anterior o creación propia.
  369. De este Odericus salen nuestros Oderiz y Odelika n54, aunque tampoco sería mayor problema, y quizá más realista, partir directamente de Rodericus.
  370. n54 No creemos que se pueda meter en el mismo saco a Oderiaga por las razones que apuntaremos más adelante.
  371. Ordorika y alguna variante más nos daría cuenta de la vibrante perdida, si es que no son derivados de Urdulio o Urdulo como propone Ignacio Omaechevarria (1957:134).
  372. Paralelamente, se explica sin mayor contratiempo como habíamos adelantado arriba el vecino Zedelika a partir de Theodericus, que nos evita la ingeniosa pero poco realista explicación que le había encontrado Federico de Barrenengoa (1988-1990) n56.
  373. n56 Lo hace derivar de *Cis-Delika, es decir ‘La Delika de Aquende’, a la latina. No hemos podido encontrar la referencia en Onomástica de Tierra de Ayala.
  374. Retomamos más abajo la deriva y el devenir de este sufijo que tanto delirio y confusión ha causado y causa.
  375. Orduña
  376. Otra premisa básica de la comparación lingüística es la que podríamos llamar, tomando el término de la física, “masa crítica”.
  377. El tamaño sí importa, y mucho, en la comparación.
  378. Hacer equiparar la sílaba inicial Or- de Orduña (o Ur-, pues tanto monta tanto…) a cualquier otro elemento significativo es tanto como no decir absolutamente nada.
  379. Lo mismo habría que decir de la supuesta raíz al-, alma de los indoeuropeista hidronomastas de pro, pero es tan insignificante que huelga cualquier comentario.
  380. Tendría que tratarse de una sílaba muy trabada, con consonantes varias, con configuraciones inusuales, etc. para que la comparación tuviera un mínimo de consistencia.
  381. Incluso una base bisilábica es por lo general demasiado endeble para poder constituir por sí sola una comparación con garantías.
  382. Solo hace falta recordar las equiparaciones varias que el Licenciado Poza (1959) hizo del briga céltico.
  383. El dunum, de igual origen y parecido sentido y tan frecuentemente socorrido, es también bastante ligero, como lo es, por ejemplo, el sufijo vasco -dun homófono en resultado al que se le ha querido buscar un origen verbal a todas luces improbable.
  384. Una comparación con fuste es por lo menos trisilábica, y la garantía es casi total de ahí para arriba, como es el caso de Legizamon traído a colación al comienzo.
  385. Pero incluso así, en algún caso como el arriba mencionado Kamaraka, tiene una estructura demasiado simple y recta como para excluir por sí misma la posibilidad de la mera coincidencia,
  386. lo que da pie a que Muguruza (2004:134) insinúe la presencia del apelativo kamara en su formación.
  387. La cuestión de los sufijos es de otra índole, porque para empezar, a pesar de la tendencia natural a quererlos hacer significar, per se no significan nada.
  388. Un ejemplo cercano en el tiempo y en la distancia es el de Aceralia.
  389. Merecería la pena seguir el rastro y sobre todo el origen a esa terminación en nombres de grandes corporaciones empresariales como Vialia, Tecnalia, Mutualia, Veolia, etc. que ya ha empezado a llamar la atención de los lingüistas y ha llegado a tildarse de “absurda epidemia” n59.
  390. n59 Luis Manzanos, «El naming no es un concurso de belleza».
  391. No le anda muy a la zaga, como analizaremos más adelante, el caso de nuestro -ika, que también empezó en -ikia.
  392. La masa crítica de los sufijos puede ser monolítera e incluso inferior, y los criterios de comparación siguen otras pautas diferentes a la de los nombres.
  393. Belandia
  394. Para Belandia se ha propuesto un origen antroponímico que para Salazar (2000: 323) puede ser el mismo Berendi supuestamente presente en Berantevilla,
  395. que es más coherente que el que lo relacionaba con el antropónimo Bela o derivado,
  396. y más aún con algún derivado de belar ‘hierba’.
  397. X. Zalbide sugiere, inspirándose en Salazar un *Beland para Belandika de Amurrio, con una segmentación radical.
  398. Sin embargo, nos deja cualquiera de estas propuestas el complicado problema de dar cuenta del segmento final,
  399. pues parecido problema nos supone explicar en este contexto -andia, -dia o simplemente -a, que no podría ser más que el artículo vasco o producto de alguna analogía.
  400. Un problema añadido de la última hipótesis es que hay más de un Belandia, incluso fuera de zona vascófona, para los que sería menos verosímil una misma explicación tan esporádica y puntual.
  401. Otra alternativa es tomar otro camino no tan transitado, el que nos lleva a una réplica del nombre Vindelia, que tiene su origen último en el Vindeleia, a todas luces céltico.
  402. El Itinerario Antoniano la sitúa cerca de San Millán de Yécora, lugar con el que se ha identificado además de con otra amplia nómina de lugares.
  403. Estaríamos ante una forma metatetizada de *Bendelia en Belandia, muy en línea con la adaptación de formas con lateral y nasal, como en *enala > *elana ‘golondrina’ o todavía mejor la que muestra el doblete elder / lerde ‘baba’.
  404. La extensión del nombre se explicaría por mimetismo o toponimia transportada, método generalizado de reproducción toponímica por esporas.
  405. El camino más corto lleva a veces a soluciones sin salida.
  406. En esos casos hace falta retroceder y probar algún otro camino alternativo, que no tiene que ser ni el más corto ni el más recto.
  407. Odelikia
  408. Lo que hemos querido de poner de manifiesto hasta aquí es que explicar lo gordo no sirve de nada si deja el detalle no tan solo inexplicado sino inexplicable.
  409. Hemos adelantado anteriormente que la -k- que observamos en Mendeika, lo mismo que en Odelika, pertenece a la base, es decir al antropónimo,
  410. lo cual nos deja una desinencia -a a secas, justamente en el lugar de la -i correspondiente al genitivo que esperaríamos.
  411. No vale la explicación de marca de género en que junto a otros que le precedieron insiste Patxi Salaberri (2011:151 et passim), la cual sirve en otros contextos para formas latinas y romances.
  412. La primera razón es la evidencia de que no estamos ante formas de nominativo y la segunda la certeza de nos encontramos ante formas específicamente vascas, que son las únicas que explican -k- en vez de -z- de las romances o latinas tardías.
  413. La marca de género femenino -a en nombres vascos solo se da en el Nomenclátor de Euskaltzaindia del año 2001 n62.
  414. n62 Otra cuestión muy distinta es la de los nombres en -ano y -ana, que son directamente latinos y/o romances.
  415. Como correlato de la -o de masculino, se da en préstamos modernos como majo / maja, extendido a otros como gizajo / gizaja ‘desgraciado, coitado’ y en otros más castizos pero también más complejos como pepelo / papala, memelo / mamala ‘imbécil’.
  416. Hay reflejo de esto en la onomástica antigua (Iñigo, Andrés & Salaberri, Patxi 1997), pero se trata siempre del modelo romance, pues romance es en su gran mayoría el sistema y pool antroponímico usado históricamente también por los vascos.
  417. Es por ello impensable y absurdo ver en -ika el sufijo que tenemos en lógica o matemática y en -ako, -aka las de cardiaco y polaca, como nos quiere hacer creer Félix Muguruza (2004:21).
  418. La solución tiene que ser holística, como gusta decir ahora: o explica todo o no explica nada.
  419. Quizá quiera expresar lo mismo Félix Muguruza (2004), con aires de metafísica kantiana, cuando dice que debemos buscar que “el componente final sea una partícula que hace referencia a las cualidades de la parte central de los nombres”.
  420. Era más sencillo decir que a los nombres de poseedores acompaña un sufijo específico o, en términos más técnicos,
  421. que en nucleónimos braquilógicos formados a base de nomina possessorum se emplea, parece que especialmente en la norma culta de los escribanos, el genitivo latino, frente a formas adjetivales más populares en -ana / -o.
  422. El genitivo latino es -i para los masculinos de la secunda declinación y -ae para los femeninos de la primera, que son los más abundantes.
  423. Completa el cuadro la marca flexiva -is para los temas consonánticos de la tercera, extendido analógicamente según parece y sumado a la clase de supuesto influjo germánico en -o, -onis, ya presente en la onomástica aquitana.
  424. Como la propiedad y la patronimia (origen de muchos apellidos) corrían a cargo de los varones son las formas en masculino en -i de las que han derivado, primariamente al menos, apellidos y nombres de propiedades.
  425. Como ya ha quedado apuntado, de parte de ellos nacen los -ez castellanos con otras variantes romances,
  426. y parte de los -iz vascos, con la variante occidental -ika, que parece que, favorecidos por circunstancias que se nos escapan, se extendieron e hicieron fuertes fuera de sus exiguos dominios.
  427. Mirar atrás nos ha precavido de regodearnos con la forma evolucionada Delika y nos ha hecho centrarnos en la variante anterior Odelika.
  428. No obstante, nunca se debe dejar de mirar atrás.
  429. Es un conformismo no recomendable en lingüística histórica.
  430. Lo que tenemos que explicar cómo y por qué al -i latino, que se apocopa en romance, corresponde un -a vasco.
  431. Esa mirada plus ultra siempre recomendable que apologetizamos, nos da las claves del problema.
  432. Las primeras formas testadas para Delika no son Odelika sino las que corresponden a un Odelikia anterior.
  433. Seguramente tenga mucho que ver esta terminación -ikia con la conservación de la oclusiva sorda en formas romances del estilo de Roderíquiz,
  434. que quizá sea lo que tenemos en alguna al menos de las formas vascas Durikiz, Gerekiz, Lamikiz, Zendokiz o Zetokiz,
  435. y tenga explicación más germánica que latina.
  436. Hay que recordar que tanto la lengua latina como las germánicas, acabaron por fricatizar el grupo -ce-, -ci-,
  437. pero que las últimas fueron mucho más conservadoras y el mantenimiento de la oclusiva siempre fue un signo culto de distinción,
  438. frente a las formas fricatizadas y palatalizadas que se tenían por vulgares.
  439. Ahora bien, lo específicamente vasco, vasco occidental, es la intrusión de una -a paragógica.
  440. No tiene parangón ni por ello fácil explicación la adaptación -ki > -kia, que tenemos también en Domaikia, pueblo de Zuia,
  441. y quizá también en Astorkia, frente a Astorkiza y Astoreka.
  442. En otros casos, parece que esta inédita solución se esconde en formas fricatizadas: Erkizia, Erdozia, (B)ulazia, Ordizia, etc.
  443. Tenemos que descartar la interpretación de la -a como artículo,
  444. no ya por discutidas y discutibles cuestiones de cronología,
  445. sino porque sería inédito el uso masivo del artículo determinado en onomas.
  446. La única solución que parece viable es la de la extensión analógica. Pero, ¿de dónde?
  447. No hay ningún grupo de nombres ni en vasco ni en los romances circundantes que pudiera haber generado tal analogía.
  448. Lo único que se nos ocurre de momento es la analogía simpatética del apelativo parroquia, que es la categoría histórico-administrativa en la que encajan muchos de los nucleónimos que estudiamos.
  449. El grupo -kia, o su vocalismo mejor dicho, carece de optimalidad, si se nos permite el término, y por ende de estabilidad.
  450. La cuestión que la lengua vasca, a excepción de ejemplos orientales, carece de diptongos crecientes.
  451. El grupo -ia- siempre está pues en hiato, distribuido en dos sílabas diferentes.
  452. La demarcación silábica se refuerza de normal con algún elemento consonántico palatal: y, x, ñ u otras palatales sonoras.
  453. De aquí quizá hayan podido surgir formas como Markina u Oikina, si se diera el caso de que hubiera que explicar el segmento -kina, que no sé si es el caso.
  454. La otra solución es simplificar el grupo, como se da en la pronunciación popular del nombre de muchas localidades según el modelo Donostia > Donosti.
  455. En los nombres que hoy presentan -ika, parecería que la simplificación se ha dado por pérdida de la yod: -ikia- > -ika-, pero quizá los hechos no sean tan sencillos.
  456. No son éstas, en efecto, las únicas soluciones, o quizá no es tan simple, como apuntábamos, la última evolución propuesta.
  457. Observamos con frecuencia una metátesis curiosa que favorece un diptongo frente al hiato.
  458. Es lo que tenemos, por ejemplo, en lat. asciola ‘hachuela’ > aizkora ‘hacha’,
  459. étimo que redescubrió Juan Gorostiaga (1958:61) para disgusto de los que siguen soñando con las raíces paleolíticas del idioma vasco.
  460. n65 Juan Gorostiaga (1958:61) reconoce no ser original la idea. Debió de ser H. Schuchardt (1888, 1893) el primero en sugerirla, pero luego abandonó la idea para proponer securis ‘hacha’.
  461. Tenemos en ese caso a – jo > ai – o, con paso de la yod a la sílaba anterior para conformar diptongo con la vocal abierta.
  462. Vale la misma explicación para Erdozia > Erdoitza, si se ha dado la evolución en este orden, como parece.
  463. Nos falta encontrar más antropónimos en -acus, -ocus, -ucus excluyendo los precedidos por la vocal -i-, que son la mayoría,
  464. pero aparte de Didacus, que parece no haber dejado más que las formas Díaz, Díez, Diéguez, … no constan por aquí nombre frecuentes en otros territorios continentales como Ademacus, Visernacus, Vuldonacus, Sparnacus, etc.
  465. Las formas en -icus presentarían el hándicap de haber sido absorbida por la -i- precedente la supuestamente adelantada por metátesis, pues tendríamos esta secuencia: *Amarici > *Amarikia > *Amariika > Amarika.
  466. Si el orónimo Oderiaga tuviera alguna relación con el Oderiz navarro y el Odelikia amurriano como pretendía Justo Gárate
  467. tendríamos una metátesis que no resolvería el hiato y perdería así su justificación teleológica y relacionaría definitivamente los nombres en -ika con los en -iaga,
  468. como se ha pretendido con insistencia, pero no encontramos ninguna evidencia que abone esta hipótesis.
  469. A falta de otras pruebas más concluyentes tenemos que pensar que los distintos -iago, -iaga parecen ser continuadores romances de los -iacus, -iaca latinos.
  470. El mencionado Justo Gárate defendió con vehemencia, y le siguió de cerca Manuel Lekuona (1984), la relación sistemática entre -aga, -iaga e -ika,
  471. Ignacio Omaechevarría (1988-90:132-4), mucho más cabal como solía, sólamente la que tercia entre -iz e -ika.
  472. El último extremo que necesita explicación, la cual no parece muy complicada, es cómo -ika, correspondiente a temas latinos o latinizados en -cus, romances -co, de los cuales toma la consonante, se hace extensivo a otras bases, si es que hay caso.
  473. Habría que analizar todos los testimonios uno por uno y comprobar cuáles son realmente procedentes de antropónimos de terminación diferente a -cus.
  474. Entonces y sólo entonces estaríamos en disposición de dar carta de naturaleza a -ika como sufijo, así fuera creado analógicamente.
  475. Lendoñobeiti
  476. No podemos dejar de mencionar unas palabras sobre el nombre del lugar que tan amablemente nos acoge.
  477. Nos comentan los lugareños que desde Euskaltzaindia les contaron… un cuento chino, me adelanto.
  478. Tanto Lendoñobeiti como Lendoñogoiti, mientras no nos demuestren lo contrario, no son sino otra invención inaceptable y fraudulenta
  479. que nos recuerda las de Ollerietagoiena y Ollerietabarrena para las Ollerías Altas y Ollerías Bajas arriba de Atxuri en Begoña, jamás así documentadas,
  480. frutos delirantes de la traducción irrespetuosa y burda pero costosamente facturada del callejero bilbaíno.
  481. Os han engañado como engañan a todos los incautos de buena fe, lo mismo que con el nombre de la Junta.
  482. Esos beiti y goiti de aire añejo, escritos pegaditos con intimidad y sin artículo, señal añadida de abolengo, han sido goti y beti en está comarca, cuando no gotxi y betxi.
  483. Lo razonable y juicioso hubiera sido, es y seguirá siendo escribir Lendoño como toda la vida.
  484. Hay, sin embargo dos Lendoños que distinguir.
  485. Eso se hace con sendos suplementos, de arriba, de abajo, goikoa, behekoa, que se escriben bien separados y según la lengua estándar de cada momento y lugar.
  486. En inglés también, si queremos hacer un mapa internacional por eso de la globalización.
  487. Antaño fueron en castellano de suso y de yuso, pero se modernizaron.
  488. En euskara, no dudamos que fueran goitia y beitia primero, y goikoa y bekoa después,
  489. pero esos elementos puesto que son elementos del habla viva, esa misma que nunca llegó a ser escrita sino excepcionalmente, no nos han dejado constancia.
  490. Eso que os han contado desde Euskaltzaindia es una ensoñación, otra mentira más.
  491. La tozuda realidad de la documentación escrita y los deseos de cierta gente que les ha quedado muy grande el título de académico, son enemigos íntimos.
  492. Urduña y Okondo, lo vasco no es siempre lo vulgar
  493. Para ir acabando, volvamos a Orduña y a su nombre.
  494. Es notorio que estamos ante un topónimo tan antiguo como obscuro y que su etimología se nos muestra esquiva.
  495. La terminación que se pretende céltica no nos delata casi nada,
  496. casi tan poco como su radical que figura en otro término cercano cual es Ordunte.
  497. En estas circunstancias, paradójicamente, no nos queda sino indagar en su grafía.
  498. La forma Urduña parece a todas luces una simple asimilación de Orduña
  499. y su uso por hablantes de zonas vascófonas próximas n69 no es diferente de la de muchas otras localidades vascas que muestran pronunciaciones populares cuando no vulgares.
  500. n69 Alfonso Irigoyen (1972:217) recoge Orduñe de boca de un labrador de Zeanuri y del bertsolari Xabier Amuriza, natural del barrio Autzagane de Etxano, y Orduña de boca de un hablante de Urduliz.
  501. n69 Alfonso Irigoyen (1972) no recoge datos del resto de 7 informantes, sin duda porque Orduña queda fuera del área de influencia de la gran parte de la Bizkaia vascófona.
  502. A nadie en su sano juicio se le ocurriría fijar el nombre Durengo, Durongo o incluso Durungo n70 en perjuicio de Durango porque gentes del campo de su contorno así lo pronuncian,
  503. lo mismo Amorobieta o Zorrontza n71, en sus dos versiones, por Amorebieta y Zornotza
  504. o la más drástica y cercana Arguya por Arrigorriaga
  505. o Gerrinke por Gernika.
  506. No merece la pena recordar toda la nómina vizcaína ya recogida por Alfonso Irigoyen en un artículo hace ya bastantes años.
  507. n70 Que son generales en toda Bizkaia según los datos que recogió Alfonso Irigoyen (1972:215) entre 10 hablantes vizcaínos, no precisamente analfabetos, y podemos corroborar nosotros mismos.
  508. n71 Zorrontza es general, según la misma fuente citada en la nota anterior,
  509. n71 y Amorobieta (frecuente, pero no mayoritario, en documentación de todas las épocas) o Amorrobieta (que utiliza el Licenciado Poza) según opinión de Alfonso Irigoyen pudieran ser primarios,
  510. n71 como en el caso de Londoño, por Lendoño.
  511. n71 En cualquier caso, la disimilación, a veces por etimología popular a veces por ultracorrección, es tan popular o vulgar como la asimilación misma.
  512. Por no salirnos de nuestro entorno baste recordar la variante Londoño por Lendoño, usada tanto en documentación antigua como en vulgar de tiempos de nuestros mayores.
  513. Un castañal llamado Londoño teníamos en Arrigorriaga, y también un caserío del mismo nombre en Ibarrangelua.
  514. Por otra parte, no faltan numerosos Londoños por todo el noroeste peninsular, si no queremos recordar el precedente de Londres, London.
  515. Parece en este caso que Londoño es la forma antigua en la mayoría de los casos, pero no faltaría tampoco explicación igualmente satisfactoria si partimos de Lendoño.
  516. No podemos olvidar el vecino Okendo / Okondo, cuna del ilustre herrador Ulibarri, quien escribía en sus cartas en euskera por cierto Orduña y no Urduña.
  517. Okendo, etimología -ondo al margen, desde antiguo se ha documentado exclusivamente Oquendo, teniéndose en cuenta para la fijación del nombre oficial únicamente la forma popular que utilizara el mismo Ulibarri, junto con Ukondo, volviendo a confundir nuestros “normalizadores” lo vulgar con lo vasco.
  518. Éstas son parte de las “absurdas razones” que dice desconocer Félix Muguruza (2004:18-19) para no promocionar una división artificial entre Orduña y Urduña que no trae ninguna ventaja y sí muchos inconvenientes.
  519. Confirma el uso de la forma Orduña desde antiguo entre hablantes en lengua vasca el topónimo Ordunbideta de Okendo, con variante más deformada Urdunbieta, que recoge Federico de Barrenengoa (1988-1990) y debe de tratarse sin ninguna duda de algún término en torno al camino de Orduña n74;
  520. y el más antiguo Orduiaco, de la documentación del monasterio navarro de Leire (Ángel Martín Duque 1983), si Didaco Beilaz de Orduiaco que vivía por el año 1100 fue oriundo de esta tierras.
  521. Recordemos que en el léxico vasco tenemos sobrados casos con idéntico vocalismo al que tratamos.
  522. Formas vulgares como odoi por hodei ‘nube’, otorri por etorri ‘venir’, ogoto por hobeto ‘mejor’, ukutu por ikutu ‘tocar’, ixin por izan ‘ser, haber’, etc. son frecuentes y en general casi lexicalizadas en muchas hablas vizcaínas.
  523. n74 Aplica tozudamente la Comisión de Onomástica de Euskaltzaindia un criterio según el cual bide ‘camino’, lo mismo que mendi ‘monte’, se escriben unidos al término que les precede, transgrediendo sin ninguna justificación la norma general que rige la aposición sintáctica.
  524. n74 El origen de este grave error es sin duda la equivocada interpretación de los abundantes topónimos en que efectivamente bide es parte íntima e inseparable del nombre del que participan;
  525. n74 se refieren estos topónimos, sin embargo, pues de otra manera no se habría dado su fosilización ni habrían dejado rastro escrito, a términos contiguos a los caminos, de donde toman su nombre,
  526. n74 y nunca el camino mismo, que como el resto de los nombres sería una simple referencia léxica independiente del topónimo y escrita en consecuencia en palabra aparte como corresponde a todas las aposiciones.
  527. Por lo que respecta a la forma Orduyaco recién mencionada, nos obliga a traer a colación la forma Leçamaya que figura en el cartulario de Calahorra por el actual Lekamaña n76.
  528. n76 En el Libro Rubro de Iranzu encontramos en la misma línea Armayanças por Armañanzas (José María Lacarra 1957)
  529. n76 No sabemos si puede ser una simplificación o un lapsus calami de (que es la utilizada en el texto: Muynanegui, Araynaz, Issuyneta, etc.) o , dos de las variadas grafías que corrieron para representar a la nasal palatal antes de fijarse la actual <ñ>, pero de cualquiera manera es una posibilidad que obliga a hacer un estudio detallado previo de las grafías para el que nos consta Txomin Robina ha recopilado abundante material.
  530. Probablemente nos descubran ambos testimonios sus formas antiguas, sin la nasal palatal desarrollada a posteriori para marcar más claramente la linde silábica del grupo -ia que en lengua vasca, como hemos apuntado arriba, nunca forma diptongo.
  531. Abunda esta solución especialmente en Bizkaia: lamiña por lamia, mamiña por mamia ‘sustancia’, legamiña por legamia ‘levadura’, txakoliña por txakolia, txikiñe por txikie, San Antoniño por San Antonio, etc.
  532. Tampoco falta en topónimos como Orobio de Iurreta, Oromi- ño en euskera, nunca relacionado según nuestras noticias, pero sugerentemente relacionable con el etnónimo céltico Origeviones que Pere Bosch Gimpera (1932) releyendo a Mela sitúa en la zona montañosa hacia Gernika.
  533. Curiosamente, se ha fijado para el nombre de Orduña y otros nombres de localidades en euskera, haciendo de la excepción ley y regla, la grafía con ñ, por otra parte tan extraña a nuestra lengua y evitada en nombres como Espainia, Gaskoinia, Britainia, Sardinia, etc. en un caso para el que no falta alguna evidencia extra en contra de su primigeneidad.
  534. Todo, evidentemente, es del color del cristal por donde se mira.
  535. José Luis Lizundia, en nombre de la Comisión de Onomástica de Euskaltzaindia, dictó que Barakaldo se debía de escribir con k porque era una forma vasca, y para prueba daba Arakaldo (en clara argumentación circular) y Baraskaldo, nombre de un caserío de Mendata.
  536. Para éste último deberíamos de traer a colación Barasordas, nombre antiguo de la cala de Lemoiz de triste recuerdo de ensoñación nuclear conocida en la actualidad como Basordas.
  537. No sabemos que puede ser Baraskaldo, por lo que estaríamos explicando lo oscuro por lo oscuro, actividad tan poco recomendable.
  538. Una grafía, ya sea k ya sea b no nos hace más vascos.
  539. No por decir o escribir Miribilla en lugar del genuino y único documentado Miravilla, o Miraballes por Miravalles nos hace más vascos, y sí más borricos, ignorantes y transgresores de la norma de respetar el sistema ortográfico de la lengua original a la cual pertenece el topónimo.
  540. Delika, Mendeika, Bitorika, etc. se escriben con k para reivindicar su vasquidad, sin que la lengua en la que se han formado sea la vasca.
  541. Diferente cuestión es que el uso durante siglos por hablantes vascófonos les hayan dado carta de naturaleza y en algunos casos incluso adaptación fonética a su lengua de adopción,
  542. lo cual podría justificar por sí solo sin más trampas que Barakaldo y Arakaldo, y los otros tres arriba mencionados, entre otros muchos, se escriban con k.