Salvo error

Koldo Michelena Elissalt. Ref. Alkartasuna, n.º 1, 1987

Koldo Mitxelena Elissalt

Dedico esta entrada a Koldo Mitxelena, gran lingüista y maestro (cursos 1980-83).

La Vasconización tardía es una hipótesis que me tiene encandilado desde hace algo más de una década. Como consecuencia de la polémica de Wikipedia y el posterior eco en los foros, ese estado de ánimo se ha ido agudizando en los últimos meses, más si cabe tras comprometerme a impartir un seminario sobre ella.

Insisto en que se trata de una hipótesis, sujeta a error. Wikipedia define hipótesis como

“proposición cuya veracidad es provisionalmente asumida, como solución transitoria para un problema dado o como estrategia de investigación. El nivel de verdad que se asume para una hipótesis dependerá de la medida en que los datos empíricos recogidos apoyen o no lo afirmado en la hipótesis. Esto es lo que se conoce como contrastación empírica de la hipótesis, o también proceso de validación de la hipótesis.”

En este proceso de validación es en el que me encuentro actualmente: consultando fuentes, recogiendo citas y recabando datos más o menos empíricos que directa o indirectamente sirvan para contrastar hechos tan lejanos en el tiempo (ver fuentes).

¿Por qué? me han preguntado amigos, familiares (y yo pispo) estas Navidades. ¿Por qué dedicar tanto tiempo a algo así y dejar desatendidas otras tareas —laborales y domésticas— más urgentes, más productivas y para las que estoy (supuestamente) mejor formado? La respuesta es simple: me corroe la curiosidad.

El 8 de diciembre de 2002, es decir, hace poco más de siete años, me decidí a escribir una entrada en la que contaba cómo, tras leer a Agustín Azkarate y Juan José Cepada (citaba también a Mª Lourdes Albertos, pero no la he leído directamente), los siguientes hechos adquirían una súbita coherencia:

  1. Abundancia de onomástica indoeuropea anterior a la romanización.
  2. Ausencia de vestigios eusquéricos anteriores a la romanización.
  3. Profunda romanización  (tanto del ager como del saltus).
  4. Expansión del euskara en la Alta Edad Media.
  5. Unidad de los dialectos vascos en la Alta Edad Media.
  6. Marcadas isoglosas (entre dialectos vascos, entre romance y vasco)
  7. Hallazgo de necrópolis francoaquitanas del siglo VI

Contrariamente, en el supuesto de que el euskera hubiera sido la lengua mayoritaria de Álava o Vizcaya sin solución de continuidad desde el Paleolítico hasta la actualidad, los mismos hechos se explicarían con bastante mayor dificultad.

Koldo Mitxelena, que murió sin conocer las necrópolis francoaquitanas (punto 7), argumentaba con habilidad, no exenta de cierta contorsión (ver Mitxelena 1981), a favor de tal continuidad, e invocaba el principio de Occam para apoyarse. Pero tras los hallazgos de las necrópolis, el mismo principio hace que la balanza bascule con fuerza hacia el lado opuesto. (Estoy convencido de que él habría cambiado de parecer de haberlas conocido.)

En cualquier caso, a mi los puntos que más me interesan son el 4 (expansión del euskera en la Alta Edad Media) y el 6 (nítida frontera entre euskera y romance).

El territorio alavés, que conozco bien, ofrece en mi opinión los principales argumentos a favor de la hipótesis. El más elocuente de todos es el espectacular afloramiento de topónimos vascos que se produce en el tránsito de la Antigüedad (siglos I-V) a la época altomedieval (siglo XI). Conviene recordar que se trataba del territorio más poblado en aquellas fechas.

Pues bien, las fuentes epigráficas y documentales alavesas hasta el siglo VI no recogen absolutamete ningún elemento vasco (hablo de topónimos, no de antropónimos; ya discutiremos los puntos 1 y 2 más adelante).

¿Qué hacían entonces aquellos euskaldunes alaveses durante al menos cuatro siglos de incesante actividad romana? ¿Qué relación tenían con los legionarios, funcionarios, comerciantes y colonos que transitaban en gran número por la calzada Ab Asturica Burdigalam (AstorgaBurdeos)? ¿Convivían con ellos en las civitates que jalonaban dicha calzada?

Es difícil imaginarlos apegados hasta el final a sus costumbres y lenguas indígenas, porque todo apunta a que la Llanada Alavesa para el siglo III llegó a ser tan romana como Calahorra, Caesaraugusta, Tarraco o la propia Roma. ¿Mantuvieron una lengua que nunca habían utilizado antes para denominar ríos, montes o poblaciones?

Durante años imaginé a los indígenas vascos acampados en los arrabales de las colonias romanas (como hemos visto hacerlo a los nativos americanos extramuros de los fuertes en las películas del Oeste). Luego descubrí que esos indígenas que hasta el siglo I habían habitado los oppida o castros compartían muchos rasgos culturales con sus vecinos celtibéricos, incluso rasgos lingüísticos. Llama poderosamente la atención la existencia de orónimos (Toloño, Amboto) e hidrónimos (Deba, Ega, Nervión, Berrón), tan destacados, de origen indoeuropeo, es decir, no vasco.

¿Qué hizo a esos indígenas cambiar tan tardía y radicalmente (se documentan en el siglo XI) sus costumbres denominativas:  Hurrivari, Hurnaga, Arçamendi, Goiahen, Essavarri, Orengohin, Harhazua, Hillarrazaha, etc.?

La respuesta que ofrece la hipótesis es, salvo error, que fueron emigrantes aquitanos transpirenaicos quienes a partir del siglo VI se superpusieron a una población local en estampida, e introdujeron y expandieron el euskera por Álava y zonas colindantes. Las necrópolis analizadas y documentadas por Agustín Azkarate son testigo de dicha llegada (hecho, como sabemos,  que Mitxelena desconocía).

(Utilizo la fórmula “salvo error” en honor al sabio maestro. Mitxelena, que antes de profesor universitario trabajó de contable, utilizaba machaconamente dicha locución, casi por cada dato nuevo que aportaba en clase. Podrían contarse más de veinte en una hora (que se convertían en oker ez banago, si la clase se daba en euskera). Wikcionario la define así:

“Dicho de un importe, tal que pueden existir imprecisiones en su cómputo debidas a la omisión de una transacción en el balance o un error de cálculo, y que no debe tomarse por definitivamente fidedigno“).

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